El Largo Interludio
Capítulo 1 · Escena 4

El Largo Interludio

A partir de ese día, el tiempo comenzó a fluir de manera distinta en el Castillo del Eco. Durante los años que siguieron, Rizzel se convirtió en una joven de mente afilada y cuerpo etéreo.

A menudo, movida por una fascinación magnética hacia lo prohibido, descendía de nuevo a la cripta, pero siempre se detenía en el umbral, frenada por un pavor terrible hacia Nath’Valar. Observaba la espada desde la sombra, sintiendo cómo el caos latente en su propio ser resonaba con la hoja, pero el miedo a ser consumida por aquella entidad sin nombre la mantenía a una distancia prudencial.

Mientras tanto, en las profundidades de la Infraoscuridad, las estaciones de los hombres pasaban inadvertidas para los drow, pero no para la Matrona Malice. Durante casi dos décadas de calculada traición, la madre de Rizzel ejecutó un juego mortal para proteger a su hija. Malice mantenía a raya las sospechas de las demás matronas con una red de mentiras tan compleja que ella misma rozaba la locura.

En contadas ocasiones, Malice visitaba el castillo en el más absoluto secreto, apareciendo como una sombra entre las sombras para contemplar el crecimiento de Rizzel. En aquellas breves y tensas visitas, la Matrona escudriñaba los ojos rojos de su hija, buscando la señal de que el vínculo con la cripta se estaba gestando, antes de desaparecer de nuevo hacia el peligro de su cargo.

Rizzel aprendió que la fuerza física es una ilusión de la carne; una lección vital para alguien de su fragilidad natural. Pero el velo de protección que Malice había tejido finalmente se rasgó.