El Sacrificio de Vaelin
Capítulo 1 · Escena 5

El Sacrificio de Vaelin

La noche en que el destino llamó a la puerta, Malice llegó al castillo como una sombra rota, huyendo de los asesinos que habían masacrado a su guardia personal. Al verla entrar, desangrándose por heridas infligidas por magia inquisitorial, Rizzel supo que el largo interludio de su juventud se había agotado.

Con desesperación, guio a su madre moribunda hacia las profundidades, cruzando pasadizos que ni el mismo Vaelin frecuentaba, hasta llegar finalmente al lugar más secreto de la fortaleza: la cripta de Nath’Valar.

Allí, a la luz de las runas antiguas, Malice se desplomó. Agarró la túnica de Rizzel con dedos temblorosos, manchando de carmesí la piel pálida de su hija.

—Escucha bien, mi pequeña tormenta —jadeó Malice, con los ojos nublados por el frío de la muerte—. Siento cómo la vida se me escapa como arena entre los dedos, y no hay magia en este mundo que detenga mi partida. Pero antes de que mis labios se sellen para siempre, debes saber quién eres. No eres una simple repudiada, Rizzel. Eres la heredera legítima de un trono cimentado en el vacío, oculta tras una purga que pretendía borrarnos. Tu destino es la venganza, y el Caos es tu corona.

Mientras los perseguidores golpeaban las puertas, Vaelin se detuvo ante el umbral con una mirada cargada de una ternura que su raza rara vez conoce. Alzó su báculo y derribó el puente de acceso, sacrificándose para sepultar a los inquisidores y comprarle a su nieta un último segundo de silencio.